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  • El Desencanto de la realidad salvadoreña y centroamericana en el Asco de Horacio Castellanos Moya.

    October 3, 2014 en

    Víctor Ruiz

    Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua

    UNAN-Managua

    Algunos dicen que es el ajuste de cuentas de un resentido, o un indispensable ejercicio de salud pública, o una carta de amor al país que no pudo ser. Lo único que le puedo asegurar es que mientras lo escribí me divertí como el chiquillo que hace la peor travesura. En cuanto a las reacciones, creo que fue Robert Walser quien dijo que no se hace frente impunemente a la nación propia.

     

    Horacio Castellanos Moya

     

    I. A modo de introducción.

    Referente ineludible de la actual narrativa centroamericana e hispanoamericana, Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957) es uno de los autores más representativos de lo que se ha llamado el “desencanto”. Entre sus novelas destacan La diáspora (1988), Baile con serpientes (1996), El arma en el hombre (2001), El desmoronamiento (2006) y El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997). Casi toda su obra, atravesada por el discurso posmoderno, será una crítica acérrima a la ideología revolucionaria, al ejercicio del poder, y, sobre todo, a la sociedad salvadoreña y centroamericana. Su producción literaria perfectamente puede contextualizarse en la década de los noventas, década en la que Centro América alcanzó la paz a través de los Acuerdos de Esquipulas II.

    La novela que hemos escogido para nuestro análisis, El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997), ocupa dentro del corpus narrativo de Castellanos Moya un papel importante. Mordaz, polémica y pesimista, esta obra es una mirada desencarnada a esa sociedad sobreviviente de los  conflictos armados en Guatemala, Salvador, Honduras y Nicaragua. Por medio del diálogo delirante entre Edgardo Vega y Moya (que no habla en la novela pero es la voz que nos da cuenta del discurso de Vega), nuestro autor nos muestra los resultados de los acuerdos de paz de Esquipulas: una retórica marxista más carnavalesca que política, una sociedad que ha hecho de la violencia el único diálogo posible con el otro y una clase política inculta que se ampara en un supuesto discurso democrático, pero que en el ejercicio del poder, se muestra déspota y cruel como la peor dictadura de los setentas y ochentas.

    Un análisis de esta novela necesariamente nos obliga a indagar sobre su subtítulo. El sentimiento del asco permea todo el argumento, tanto que podríamos afirmar que el discurso del personaje se sostiene en ese “asco” que siente Vega por todo lo que tiene que ver con lo centroamericano, sobre todo con el Salvador. Pero ¿cuáles son los referentes literarios de este tipo de novela, por decirlo de alguna manera, “desmitificadora” del mito identitario? ¿qué autores le servirán de referencia a Castellanos Moya para poner en funcionamiento este discurso o mejor dicho, contra-discurso de lo centroamericano? Como habíamos dicho, necesariamente tenemos que indagar en el subtítulo: ¿quién es ese Thomas Bernhard al que se alude en el texto? ¿qué hace en el Salvador?

    Thomas Bernhard es un escritor austríaco nacido en 1931 y muerto 1989. De su obra destacan los seis tomos de su autobiografía, El malogrado, Maestros antiguos, El sobrino de Wittgestein, entre otros. No nos interesa en este texto indagar sobre la vida y obra de Bernhard, pero consideramos importante traerlo a colación para así entender el tono utilizado por Castellanos Moya en su obra. Lo que más salta a la vista en el autor austríaco es el desprecio con el que escribe sobre su ciudad. Hay una relación de amor-odio-amargura entre los personajes y Austria. Pareciera que de alguna manera para aceptar y reconocer a la ciudad como propia los personajes tienen que destruirla, desmitificarla y desnudarla, poner en evidencia sus vicios y la corrupción para por fin sentirse parte de esa decadencia. En El asco el tono con el que Edgardo Vega ataca a la sociedad salvadoreña es de desprecio, sin embargo, percibimos cierta melancolía por la pérdida de eso mismo que critica, en este sentido, este personaje también persigue un ajuste de cuenta. En el epígrafe que hemos puesto al inicio de este trabajo se evidencia lo que aquí afirmamos: Castellanos Moya (y el personaje de la novela) no renuncia al ser salvadoreño, sino más bien baja del pedestal el mito de la identidad y de lo nacional para de esa manera hacer frente a eso que se ha dado en llamar la nación propia. Las relaciones entre ambos autores no se quedan solo en el plano de contenido y en el tono, sino también en el punto de vista. Por lo general, las novelas de Bernhard utilizan el soliloquio, el monólogo, el diario (como es el caso de su autobiografía); de igual manera, Castellanos Moya, en esta novela, adopta el diálogo como recurso, sabemos que esta forma de comunicación necesita por lo menos dos interlocutores, sin embargo nuestro autor deja que su personaje Edgardo Vega divague, delire, deambule, por la historia, por el recuerdo, por la memoria, en ningún momento escuchamos la voz del otro interlocutor, entonces ese diálogo se vuelve un soliloquio, esto le permitirá a acercar la figura de Thomas Bernhard a la de Edgardo Vega, y así nos lo hace saber el mismo personaje al final de la novela:

    El peor susto de mi vida, Moya. Incluso durante el trayecto en el taxi me la pasé aferrado a mi pasaporte canadiense, hojeándolo, constatando que ése de la foto era yo, Thomas Bernhard, un ciudadano canadiense nacido hace treinta y ocho años en una ciudad mugrosa lla­mada San Salvador. Porque esto no te lo había contado, Moya: no sólo cambié de nacionalidad sino también de nombre, me dijo Vega. Allá no me llamo Edgardo Vega, Moya, un nombre por lo demás horrible, un nombre que para “mí única­mente evoca al barrio La Vega, un barrio execra­ble en el cual me asaltaron en mi adolescencia, un barrio viejo que quién sabe si aún exista. Mi nombre es Thomas Bernhard, me dijo Vega, un nom­bre que tomé de un escritor austriaco al que admi­ro y que seguramente ni vos ni los demás simula­dores de esta infame provincia conocen.

    Como vemos la intención del autor es establecer una simbiosis con la persona y obra de Thomas Bernhard, de esa manera Edgardo Vega será más verosímil y así podremos soportar el asco, la náusea y el desencanto que siente el personaje por esas palabras que han sido vaciadas de sentido: la identidad, la revolución, lo nacional.

     II. Hacia un concepto del “desencanto”.

    José Ángel Vargas V. ubica Diario de una multitud de Carmen Naranjo (Costa Rica, 1930), como una de las primeras obras sintomáticas del desencanto. Para este autor la “obra desvela la insatisfacción y el desencanto de la sociedad ante la manipulación de que es objeto por parte de los políticos y de la burguesía general. Por un lado, la clase alta lucha por mantener sus privilegios y por el otro, los sectores marginados entran en crisis al verse abandonados y oprimidos, lo que los hace caer en una especie de vacío existencial, caracterizado por la soledad y frustración” (Vargas V. 2001, pág. 18). Como vemos, el sentimiento desencantado de la realidad es producto de la transformación social que tiene su origen en la pérdida de los ideales revolucionarios en Centroamérica. Esta “narrativa del desencanto”, del “asco” o del “cinismo”, como también se les ha llamado, ya no ofrece una mirada utópica, muy al contrario, esta mirada estará atravesada por la decepción que experimentan los personajes al ver a los líderes revolucionarios, ya inmersos en el discurso democrático inoperante, comportándose de idéntica manera que la clase dominante. Y será mayor el “asco” cuando esta nueva clase de revolucionaros rezagados adopte como discurso la prédica marxista y la manoseada lucha de las clases sociales. Los personajes de Diario de una multitud muestran una falsa actitud revolucionaria, prefieren mantenerse al margen de ella y no muestran un gesto solidario con quienes la hacían. Novela también de la “derrota”, pues como en toda guerra civil no hay ganadores ni perdedores, todos, de alguna manera, somos perdedores. Diario… es una novela pionera pues desde el centro mismo del conflicto denuncia radicalmente los intereses rusos en la región centroamericana y la falsa ideología de sus dirigentes que solo perseguían beneficios personales (Vargas V., 2001: 21)

    El pesimismo que refleja Diarios… se acrecentará en la década de los ochenta y los noventa, al respecto nos sigue diciendo José Ángel Vargas V.:

    Los hechos revolucionarios se miran con cierta distancia, los cual se confirma además con el empleo de técnicas narrativas que pretenden mostrar la realidad de un modo objetivo. La revolución ha dejado determinadas huellas y ha repercutido en el presente, pero no ha satisfecho las utopías que pretendía en su momento… (Vargas V., 2001: 20)

    Una de esas técnicas utilizadas por los autores de esta etapa de la novela centroamericana es la puesta en escena de una voz narrativa que desde su experiencia relata las transformaciones que ha sufrido esta sociedad de postguerra. De ahí entonces que estos personajes, más que testigos de esa transformación, son protagonistas de la misma. Entre los autores que menciona Vargas V. están Castigo divino y Margarita está linda la mar de Sergio Ramírez, Sofía de los presagios de Gioconda Belli, El esplendor de la pirámide de Mario Roberto Morales, Cenizas de la memoria de Jorge Medina, El humano y la diosa de Roberto Quesada, Bajo el almendro de Julio Escoto, Siglo de o(g)ro de Manlio Argueta y a estas habría que sumarle las novelas de Erick Aguirre: Un sol sobre Managua y Con sangre de hermanos. En algunos de estas novelas la crítica al vacío intelectual y cultural de sus sociedades y la pérdida de los paradigmas políticos irán acompañadas de “cierta melancolía por un pasado glorioso y espléndido” como es el caso de Ramírez, Aguirre y Belli. Tanto Ramírez como Belli iniciaron su obra antes de la caída de esos ideales, fueron partícipes del la Revolución Popular Sandinista cuando esta alcanzó el poder en la década de los ochenta, posteriormente ambos serán disidentes y desde esta posición criticarán a sus antiguos compañeros de armas, ya sea desde artículos periodísticos o desde su obra narrativa. En el caso de Aguirre sí encontramos un verdadero desencanto, ya no basta con escamotear la realidad con la ficción como en el caso de Ramírez y Belli, sino de ser lo más objetivo posible para dar testimonio del vacío moral y la decadencia de esta sociedad después del proceso electoral que prometía democracia y paz para el país.

    En otro trabajo, José Ángel Vargas Vargas nos presenta una serie de niveles en el que se produce el desencanto en la narrativa centroamericana:

    Este desencanto abarca diversos niveles y produce la impresión de que las sociedades han dejado de luchar por aquellas causas o valores esenciales para su desarrollo y se aprecia fundamentalmente en el rechazo a la guerra, en el tratamiento del fracaso de los procesos revolucionarios y también en la crítica a los sistemas políticos. Estos tres elementos aparecen entrelazados y generan un efecto desperanzador. (Vargas V., 2005: 143)

    La guerra, el fracaso de la revolución y la crítica a los sistemas políticos son los elementos esenciales que utilizarán estos autores para construir esta “épica del desencanto”, si cabe llamarle épica a una novela que hará uso de un discurso paródico, irónico y desencarnado para poner en evidencia la decadencia moral y política en la que ha caído la sociedad después de los conflictos armados y de los acuerdos de paz.

    Y este será el caso de Castellanos Moya. El asco no es simplemente una crítica ni una mirada melancólica y nostálgica a un pasado glorioso y combativo, sino una visión irónica, mordaz, ácida del estado estático de la sociedad salvadoreña. Eduardo Vega no pretende recuperar ninguna identidad, ninguna huella, su desarraigo más que producto del exilio es de la negación de unos valores que ya no siente como propios. Esto es lo que mostraremos en el análisis de esta temática en lo que sigue de nuestro ensayo.

    III. La presencia del desencanto en El asco.

    a. Justificación de la voz narrativa

    Por el tópico del desencanto esta voz narrativa muy lejos está de parecerse a la de Don Francisco de Quevedo y Villegas que contempla con amargo desencanto “las ruinas de su ciudad vencida de agotamiento moral y físico”; si algún equivalente tiene es con Thomas Bernhard que en su autobiografía arremete contra todo ese vacío espiritual en el que ha caído su ciudad natal Austria. No hay espacio, en esta novela, para el romanticismo y la nostalgia; nada amarra a este personaje que al exiliarse quemó sus naves y de esa forma quiso evitar un futuro retorno al país de sus raíces. Cuando emprendemos una lectura como la de El asco, pareciera que estamos frente a un diálogo muy a la manera de las novelas de Sandor Marai, en las que en cada capítulo la voz de un interlocutor va transmitiéndonos una historia contada en fragmentos. Y precisamente es un diálogo, pero en ese diálogo solo escuchamos la voz de Vega, Moya (el otro y el mismo) solo es una excusa para la construcción de un monólogo delirante en el que el personaje arremete contra el mito de la identidad, de lo nacional y de lo revolucionario. Este recurso narrativo está justificado, pues no necesitamos más que esa perspectiva para tener una visión completa de la desesperanza y del asco que siente el personaje por su país natal.

    b. El asco y su argumento.

    Edgardo Vega es un salvadoreño exiliado en Canadá, país al que partió huyendo del conflicto armado que atravesaba El Salvador durante la década de los ochenta. Su viaje era un viaje sin regreso, pues nada lo amarraba a su patria. Veinte años estuvo sin volver una sola vez a Salvador, hasta que muere su madre. Cualquier lector pensaría que el sentimiento por la pérdida maternal lo obliga a regresar, sin embargo, su estadía se debe a cuestiones económicas y no emocionales, su madre le había dejado una herencia a la que no podía renunciar, porque ese dinero lo ayudaría a vivir de forma más cómoda. La novela inicia a partir de una reunión entre Edgardo Vega y un amigo de la infancia llamado Moya, en esta extensa conversación Vega orquesta un monólogo en el que descarga una crítica mordaz a los países centroamericanos. Nuestro personaje es un personaje apátrida y desarraigado, no por necesidad, sino por voluntad y esto queda demostrado incluso en el cambio legal de su hombre, en otras palabras, no es Vega el narrador, sino ese perpetuo exiliado Thomas Bernhard.

    c. El desencanto en El asco.

    Uno de los primeros elementos que Edgardo Vega se propone desmontar es el falso mito de “lo nacional”. Desde el inicio de la narración vemos cómo arremete contra la falsa idiosincrasia salvadoreña, así por ejemplo, en el siguiente fragmento arremete contra lo que se ha dado en llamar “la cerveza salvadoreña”:

    no lo puedo entender, Moya, no puedo entender cómo esta raza bebe esa cochinada de cerveza con tanta ansiedad, me dijo Vega,… lo peor es que se siente orgullosa de beber una cochinada, son capaces de matarte si les decís que lo que están bebiendo es una cochinada,… son tan ignorantes que beben esa cochinada con orgullo, y no con cualquier orgu­llo, sino con orgullo de nacionalidad, con orgullo de que están bebiendo la mejor cerveza del mundo, porque la Pílsener salvadoreña es la mejor cerveza del mundo… porque esa es la primera y prin­cipal característica de los pueblos ignorantes, consideran que su miasma es la mejor del mundo…

    Esta negación de estos pequeños detalles que conforman “el falso espíritu nacional” le servirá al narrador para ir ensanchando su crítica hacia aspectos que sí forman parte de lo identidad. A esta crítica de la “cerveza salvadoreña”  el autor también la burla a “la comida salvadoreña”: las pupusas. Para nuestro personaje, el ser salvadoreño es un ser carente de significado porque sostiene su identidad en elementos fútiles y banales. En este sentido, la novela más que responder a un discurso de reconstrucción de la identidad, es más bien un contra-discurso, un desmontaje de “lo nacional”. De ahí que podamos, entonces, trazar una frontera entre dos tipos de discursos narrativos: la novela regionalista-nacionalista preocupada por construir una identidad nacional y la novela posmoderna empecinada en destruir esa identidad y proponer la identidad del caos, sin rostro, cínica y desencantada.

    Otro aspecto que se critica en voz del personaje es la educación. Esta, más que una camino hacia la libertad es un espacio en el que se prepara al individuo para vivir como oprimido. Veamos:

    …nadie puede convertirse en una persona mínimamente pensante después de estar bajo la educación de los hermanos maristas… nada tan estúpido como haberse graduado en el Liceo Salvadoreño… la más asquerosa escuela para la sumisión del espíritu, en esa estuvimos, once años de domesticación del espíritu, once años de miseria espiritual… once años de castración espiritual…

    Pero ante todo, el mayor desencanto se nos muestra en la justificación que nos presenta Vega sobre su exilio. La década de los ochenta, época inestable, de persecuciones, desapariciones, asesinatos políticos, se caracterizó por un exilio involuntario, cientos de miles de salvadoreños, nicaragüenses, hondureños y guatemaltecos abandonaron sus hogares por la represión y la inestabilidad política. Sin embargo este personaje nos dice:

    …yo me fui precisamente huyendo de este país, me parecía la cosa más cruel e inhumana que habiendo tantos lugares en el pla­neta a mí me haya tocado nacer en este sitio, nunca pude aceptar que habiendo centenares de países a mí me tocara nacer en el peor de todos, en el más estúpido, en el más criminal, nunca pude aceptarlo, Moya, por eso me fui a Montreal, mucho antes de que comenzara la guerra, no me fui como exiliado, ni buscando mejores condicio­nes económicas, me fui porque nunca acepté la broma macabra del destino que me hizo nacer en estas tierras.

    Además de esta negación del terruño podemos sumarle al desencanto la falta de solidaridad para con los suyos y, principalmente, contra aquellos que son producto del exilio provocado por la guerra:

    Después llegaron a Montreal miles de tipos siniestros y estúpidos nacidos también en este país, llegaron huyendo de la guerra, buscando mejores condiciones econó­micas…

    Y es a partir de aquí que empieza el cuestionamiento fuerte a la nacionalidad. Al no reconocerse como parte de los exiliados, desarraigados por la violencia, este personaje niega su “ser salvadoreño” y su lucha contra la dictadura. Recordemos que la narrativa del desencanto se construye en retrospectiva, es decir, mirando hacia el pasado, pero no para comprender el presente, sino para evidenciar la futilidad de la lucha revolucionaria:

    porque a mí no me corrió la guerra, ni la pobreza, yo no me fui huyendo por la política, nunca acepté que tuviera el mínimo valor esa estupidez de ser salvadoreño, Moya, siempre me pareció la peor tontería creer que tenía algún sentido el hecho de ser salvadore­ño, yo no quería recordar nada de esta mugrosa tie­rra, yo me fui precisamente para no tener nada que ver con ellos, por eso los evité siempre, me parecían una peste, con sus comités de solidari­dad y todas esas estupideces.

    La guerra revolucionaria y sus resultados se presentan sin ningún brillo, sin ninguna nostalgia. No hay restos de melancolía en su mirada, muy al contrario hay un total desprecio por todo lo que le recuerde a lo salvadoreño.

    Destruido el mito de los ideales revolucionarios e identitarios Vega arremete contra la parte física. Su primera crítica es la ciudad San Salvador: “San Salvador es horrible, y la gente que la habita es peor, es una raza podrida, la guerra lo trastornó todo y si ya era espantosa antes de que yo me largara, si ya era insoportable hace dieciocho años, ahora es vomitiva…”, es importante que centremos nuestra atención en esa oración subrayada: la guerra es la principal causante de la fealdad, del atraso, del comportamiento de las personas, la guerra es la principal antagonista porque trastoca y corrompe todo, incluso nuestra capacidad de erigir ideales y construir mitos, y uno de los mitos que más cuestiona nuestro personaje es la militarización:

    Me da asco, Moya, no hay algo que me produzca más asco que los militares, por eso tengo quince días de sufrir asco, es lo único que me produce la gente en este país, Moya, asco, un terrible, horroroso y espantoso asco, todos quie­ren parecer militares, ser militar es lo máximo que se pueden imaginar, como para vomitarse. yo no lo podía creer cuando vine, me parecía la cosa más repulsiva, te lo juro, todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo como si fueran militares, piensan como si fueran militares, espantoso, Moya, todos quisie­ran ser militares, todos serían felices si fueran militares, a todos les encantaría ser militares para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma en que hablan, todos quisie­ran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño.

    Por extensión, eso significa también ser centroamericano. Para Vega ese es el resultado de la guerra. La exaltación del militar, de la impunidad del militar hace que todos nuestros héroes sean héroes con fusil, héroes que representan la voluntad de poder, la fuerza y la virilidad, a eso reduce Vega el mito de la identidad y lo nacional.

    Para finalizar, el desencanto también se evidencia en el “vacío espiritual y cultural” en el que ha caído la sociedad centroamericana. La falta de interés hacia las humanidades, sobre todo, hacia la historia y la literatura, refleja la decadencia cultural del Salvador. Es por eso que Vega se pregunta cómo es posible llamar nación a un país que totalmente desconoce y desdeña su historia, una nación en la que los grandes ideales son representados por administradores de empresas y los militares:

    A nadie le interesa ni la literatura, ni la historia, ni nada que tenga que ver con el pensamiento o con las huma­nidades, por eso no existe la carrera de historia, ninguna universidad tiene la carrera de historia, un país increíble, Moya, nadie puede estudiar his­toria porque no hay carrera de historia, y no hay carrera de historia porque a nadie le interesa la historia, es la verdad, me dijo Vega. Y todavía hay despistados que llaman «nación» a este sitio, un sinsentido, una estupidez que daría risa si no fuera por lo grotesco: cómo pueden llamar «nación» a un sitio poblado por individuos a los que no les interesa tener historia ni saber nada de su historia, un sitio poblado por individuos cuyo único inte­rés es imitar a los militares y ser administradores de empresas.

    IV. A modo de conclusión

    Abordar la infinidad de elementos que demuestran el desencanto en El asco del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya, nos ocuparía un trabajo más extenso. En este texto nos hemos centrado en los más evidentes: el desmontaje de la identidad nacional, la crítica a los falsos ideales revolucionarios, la desmitificación del ser salvadoreño, el militarismo prepotente y el vacío espiritual y cultural de la sociedad. Es importante aclarar que el desencanto pertenece a lo que se conoce como discursos narrativos posmodernos, estos textos se proponen una relectura de la historia, a partir de la marginalidad  y lo periférico, es decir, aquellos discursos silenciados por el mito de la modernidad  y el progreso. Ya no se trata de entender la identidad desde la uniformidad sino desde su fragmentariedad. La época de las grandes epopeyas revolucionaras ha quedado en el pasado, el tiempo demostró que la historia no olvida ni absuelve; si el pueblo es propenso a la amnesia, la literatura no.

     

     

    BIBLIOGRAFÍA

    Castellanos Moya, Horacio (1997). El asco. Thomas Bernhard en el Salvador. Salvador, San Salvador. Editorial Arcoiris.

    Vargas V. José Ángel (2001). El desencanto ante la realidad en la novela centroamericana contemporánea. Journal of hispanic and galician studies. Número XIII/XIV.

    Vargas V. José Ángel (2005). Sergio Ramírez: Poder y desencanto. Revista Pensamiento Actual. Universidad de Costa Rica. Volumen 5 (6), pág. 46-54.

     

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